Hace unos meses subí con Pili a El Escorial, a visitar el monasterio. En una de los salones había un reloj de mesa, enorme, de oro, fantástico, de esos que no tienen carcasa, solo esfera y mecanismo. Me incliné sobre el aparador en el que estaba, para ver bien los engranajes; en ese momento Pili me empujó sin querer, me resbalé y le di al reloj con toda la cara. Estaba tan pringoso que me quedé pegada. Todo parecía muy cómico hasta que vimos que no podía despegarme. Empezamos a tirar entre las dos y de repente el reloj se descompuso; todas las piezas rodaron por el suelo, salvo una, que se me quedó pegada en un ojo. Afortunadamente el salón estaba vacío y nadie vio lo que pasó, pero al cabo de un segundo empezamos a oír gente acercándose desde otras salas. Me ví en la cárcel, condenada por atentado contra el patrimonio. Deprisa y corriendo recogimos las piezas, las metimos en las mochilas, me cubrí la cara como pude, y salimos pitando del monasterio. En el coche, camino de Madrid, después de haberme despegado el dichoso engranaje, nos reímos pensando en vender las piezas en Wallapop. Esa noche, a eso de las tres de la mañana, me desperté al notar como alguien me sacudía agarrándome por el tobillo.
‐ ¡Despierta bellaca, cómo has osado saquear mi palacio!
Era el fantasma de Felipe II.
‐ Oiga ¿a usted le parece que estas son horas de andar molestando a los súbditos?
Al parecer a Felipe II no le gusta demasiado ni que le roben ni que le traten con ligereza, porque yo, desde ese día, por una maldición suya, los domingos me convierto en un fantasma con un engranaje de reloj pegado en un ojo, que vaga por El Escorial molestando a los turistas.