Esa tarde llegaron las carretas. Traían, entre otras cosas, crece pelo, potingues para no envejecer, pócimas para enamorar, pero lo que esperaban con ansia en el pueblo era la carreta con la mirilla. Nadie sabía exactamente lo que se podía ver a través de ella. Sólo eran rumores que habían corrido de boca en boca.
La carreta con la mirilla se instaló en el centro de la plaza, y todos los vecinos hicieron cola, excepto un hombre con pocas luces, que siempre estaba haciendo círculos en la arena con un palo.
Cada uno de los paisanos fue pagando 5 peniques, no era poco, 10 peniques era el precio de una vaca. Y tras dejar el dinero en el bote, el carretero les explicaba el misterio de la mirilla. Podían ver, cotillear, lo que estaba haciendo el vecino en el que pensasen.
Algunos pensaron que habían perdido 5 peniques porque como todos estaban haciendo cola en la carreta, lo único que veían era al vecino en el que pensaban haciendo cola delante de la carreta. Otros optaron por cotillear al único que no estaba en la plaza, el hombre de pocas luces que hacía cirulos en la arena. Y se dieron cuenta, que no solo hacía círculos con el palo en la arena, sino que a veces dibujaba casas, paisajes, animales y hasta hacía caricaturas de ellos bastante graciosas.