Me levanto a la hora de comer. Pizza fría y cerveza, la pareja perfecta. Me pimplo la yonki-lata y me lío un canuto. Lo enciendo. Echo café en una taza que estaba en el fregadero y le pongo azúcar. Como no veo una cucharilla a mano, lo remuevo usando un dedo. Lo chupo y después lo olisqueo. Todavía dura el olor a conejo. De pronto recuerdo a la chica que traje anoche. Vuelvo a mi habitación para largarla. Qué fea es la hijaputa. Debería beber menos. O muchísimo más.
Más tarde llega el Rata. Me habla de un agujero por el que, según quien mire, se ven cosas muy diferentes. Aunque no creo en esas mierdas, el Rata suele llevarme a lugares acojonantes, y nunca le digo que no.
Llegamos a un callejón con una vieja puerta metálica. Pasamos. Avanzamos por un pasillo estrecho de paredes descascarilladas. De vez en cuando nos cruzamos con alguien. Primero con una pija lloriqueando. Luego con un seboso que se ríe como si hubiera ganado el gordo. Y una señora, cuyo aspecto es el de la típica ama de casa, tiene cara de querer matar a todo el mundo.
Un buen rato después, llegamos a unas puertas de madera vieja. Junto al ojo de la cerradura hay un cartel que dice: “NO MIRAR”. Lo ignoro.
Al otro lado hay una habitación de hospital. Sobre la cama descansa una chica bastante fea que está cansada pero contenta. Y a su lado, de pie, estoy yo. Parezco feliz. Tengo lágrimas en los ojos y un bebé en los brazos.
Caigo de espaldas y el Rata me pregunta qué he visto. No sé qué contestar. Me dice que, según ha oído, lo que he visto es mi futuro.
“Entonces…”, le digo, “éstas son las puertas del Infierno”.