Cuando me percaté que no tenía calcetines que ponerme, me fui al armario de la compañera de piso, una gallega del Lugo rural; al desdoblarlo se cayó una bolsa de cuero que yo abrí, allí se me derramaron unas semillas y las fotos de tres mujeres vestidas de negro, tres bustos; lo deje encima de la cama y salí corriendo al trabajo.
Isabel y su madre al teléfono vociferan en gallego, yo mientras la preparé la cena, pero al ofrecérsela me dijo que nos caería una desgracia pues yo había roto el conxuro de la menciñeira al abrir la bolsa de cuero, allí se encontraban el alma de tres bruxas para proteger el destino y yo las había liberado cayendo en manos del innombrable y nuestro destino se alejaría. Estaría cinco días de ayuno para purificarse y pactar con el innombrable, que yo debía hacer lo mismo. Yo me reí y la dije que era 1993, no el siglo diecisiete, que era psicóloga.
La espié a través de la ventana del baño que da al patio; era invierno, pero se quedó desnuda en el patio, miro donde estaba la luna y se puso enfrente, luego rompiendo una de mis macetas preferidas, esparció la tierra donde ella puso los pies abriendo despacio el saco circular, era como una rueda con radios de color verde pistacho, y allí donde convergían había un ojo verde de cristal de par en par. Ajustó el envés del ojo a sus ojos cerrados y comenzó a recitar algo en gallego, como si la luna la escuchara y viera como sujetaba con ambas manos la pieza circular a la altura de su cabeza; hizo una masa de barro con el agua de la jardinera y la tierra, que se frotó sobre la frente y las sienes.
A mí me despidieron del trabajo esta mañana.