Espantada miré a aquella criatura, que un día había querido y que ahora me inspiraba un inmenso terror.

Pero no había duda, aquella era mi maleta. Mi maleta de siempre, mi compañera, aquel ser con el que había compartido tantas aventuras, tan buenos momentos.

Por inaudito que parezca, a mi maleta le habían salido un cuerpo, brazos y piernas. ¡Vamos! lo que viene a ser un cuerpo completo. Eso sí, sin cabeza. Sin embargo – y entre nosotros-  ¿importaba que no tuviera cabeza?

A mí, mis seres queridos, siempre me decían…. ¡vas a perder la cabeza!. Y, como todo se pega, menos la hermosura ¿cómo me iba a extrañar que mi maleta hubiera perdido la suya? Al fin y al cabo… puede que perder cabezas fuera algo habitual. Hasta aquí, todo era lógico y normal.

 

Lo que me destrozó el corazón, fue ver los brazos y las piernas de mi maleta con aquellos sarpullidos de colores… negros, rojos, verdes. Yo sé bien -a ciencia cierta- que mi maleta detesta los tatuajes.

Estaba convencida de que le desazonaba llevar aquello en su piel. Eran feos con ansia, le escocerían, le picarían…. ¡hasta seguro que le dolían!.

 

Mi maleta no era una maleta moderna ¿qué hacía con ese traje?

Así que, no me lo pensé más. La llevé a un balneario de maletas, le compré un bono de ‘peeling’ de tatuajes y, como tratamiento plus, le encargué una cabeza nueva. Y es que, en esta vida moderna, mejor ir con cabeza.

Cuando, unos días después pasé a recogerla. Sin tatuajes y con su cabeza recién atornillada, fíjate lo que te digo… ¡no parecía la misma!.

Otra vez felices. Mi maleta y yo, siempre cogidos del asa, cual dama feliz con su blanco unicornio, en busca siempre de nuevos y maravillosos mundos.

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