«Ey, amigo, te lo voy a explicar. Mira, salgo de mi casa por la mañana temprano y la dejo tumbadita en la cama. Son seis años de matrimonio, pero me sigue encantando la redondez de su culo bajo las sabanas. Cojo el metro, llego al curro y el jefe me grita que dónde están los putos informes. Joder, se quedaron en casa. Salgo corriendo y, ¿sabes que veo cuando llego? A la del culito redondo subiendo al coche de un desconocido. Pero incluso en ese momento, no dudo de ella. Es cuando les veo besarse cuando me descoloco.

En ese momento quiero volver a la noche anterior, a los dos cenando, viendo el concurso de la tele y riéndonos. En la esquina veo una máquina del tiempo. Entro y pido un viaje a la vida anterior. Me lo sirven sobre un posavasos manchado y yo me lo bebo de un trago, y nos veo: los dos vestidos de fiesta bailando, y luego follando para despedir el año; los dos discutiendo fuerte por una nadería y luego pidiéndonos perdón como adolescentes; los dos buscando un hotel rural, porque París está fuera de presupuesto.

Las imágenes se diluyen y pido ampliación del viaje. Vuelven a llenarlo y vuelvo a ver. Más momentos, más planes, más futuro, más pasado, ningún presente.

Necesito un viaje más intenso. El encargado de la máquina me hace pasar a otra estancia donde me esperan líneas blancas, líneas de tiempo, que aspiro con un billete viejo. Sonrío. El aleteo en el corazón, los buenos momentos que vuelven y decido salir de allí mirando al cielo.

Sí, tío, así se viaja en el tiempo. Escúchame, ¿ves aquella monada que está detrás del cordón policial? Es ella. No la dejes acercarse. Colócate la gorra, ajústate el cinturón y le dices que se tranquilice. No le digas que la mitad de mi cuerpo bajo este coche solo es ya una masa informe. No permitas que me vea así al final del viaje. Dila que la quiero.»

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