“El perro de san Roque no tiene rabo porque Ramón Rodríguez se lo ha cortado”. ¿Me hacen venir hasta aquí para tratar de descifrar esta tontería? ¿Por qué parecen tan incapaces estos científicos que me acompañan? Se trata de una frase absurda tallada en una tablilla de piedra. Sólo se les ocurren obviedades que no llevan a ninguna parte.
—Algunos caracteres podrían ser cuneiformes.
—Y esos otros son como los primeros pictogramas utilizados por la civilización egipcia. Además, daos cuenta de que hay inscripciones por ambas caras…
—Y trazos que recuerdan al alfabeto fenicio.
—Trazos, pero no letras.
—Porque las letras son muy dispares. Algunas parecen copiadas de cualquier película de ciencia ficción.
—Necesitaríamos una nueva piedra roseta para descifrarlo.
—¡Eh, Mario! Eres el único que no habla. No habrás venido hasta Marte para quedarte callado.
“El perro de san Roque…”
—Está embobado. Dejadle que piense, aunque no vaya a averiguar nada.
—¿Quién es el alelado?
—¿Mario? Es un maestro de la criptografía. Proviene de una familia de científicos, una gran estirpe que, generación tras generación, se sacrificó para que la Humanidad avanzara más allá de sus límites. Entre sus logros, fueron los pioneros en el establecimiento de bases estables por todo el Sistema Solar.
“El perro de San Roque…” Conozco el algoritmo que descifraría el texto. Lo practiqué cuando era niño hasta que me llevaron al Colegio de Huérfanos de la Agencia Espacial Europea con apenas diez años.
—¿Puedo darle la vuelta a la tablilla? –les pregunto.
—Por supuesto, pero antes ponte los guantes. Podría estar contaminada.
Volteo la tablilla de piedra. Entonces termino de comprender totalmente el misterio cuando leo: “No les descubras el secreto, Mario. Que rabien. Mi último pensamiento antes del desastre fue para ti. Firmado: tu madre, que siempre te querrá”.