Querido Felipe: ayer vi a tu madre en la cola del supermercado…

Quiero que sepas que cuidaré de ella. Fue un trato de sangre: Yo cuidaba de los tuyos y tú emprendías el viaje que tanto habíamos planeado.

Me ha gustado mucho la postal del puente en mitad de la selva colombiana. La llevaba encima cuando me encontré con tu madre y no pude evitar mostrársela. Se emocionó y dijo lo que estás pensando:

-Joputa, a ver si no vuelve. No puede ser más tonto.

Hay que entenderla, Felipe. Es que dejarte coger así. Mira que hicimos pruebas a ver cuál de los dos tenía el recto más maleable y el ano más resistente metiéndonos aquello que tú y yo sabemos, y resulta que a ti te cabía enterito, cuando a mí no me pasaba ni la puntita. Y qué decir del orificio. Tú lo apretabas con una presión de cinco atmósferas. Hay tuercas de submarino que aguantan menos. Ideal para las bolas de cocaína.

Felipe, ¿por qué tuviste que comer en el avión? Estaba planeado: ni siquiera beber agua hasta llegar al hotel y expulsarlas. Nadie sabe de qué están hechos esos alimentos, pero todo el mundo sabe que salen igual que entran, arrastrando todo a su paso.

Dice mi vecino que no nos creamos todo lo que hablan por la tele de las cárceles colombianas, así que yo estoy tranquilo por ti.

Por cierto, me dijo tu madre al irse:

-So gilipollas, que a Colombia se va a por coca, no a llevarla allí. Sois los dos igual de retrasados.

No se lo tomes en cuenta, era la emoción. Además, es una anciana y no entiende de negocios.

Posdata: he pensado que mejor no cuentes en la cárcel nada sobre la flexibilidad de tu colon. No sé, es una intuición.

Tuyo afectísimo, este amigo que te espera de vuelta.

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