Caminaba por una angosta y apagada calle de Madrid, creyendo dirigir sus pasos libremente, sin darse cuenta de que su camino ya estaba decidido desde antes de nacer. Su pasado, presente y futuro incierto habían sido escritos sobre arcilla mugrienta.
Frente al fantasma verde que se encendía y apagaba dentro de la farola, ella permanecía estática en un mismo punto, aunque las piernas no pararan de andar.
Un sombrío cuervo pasó disparando un terrible sonido que entró rebotando por sus oídos. Acto reflejo levantó la cabeza, pero sólo vio un cielo cerrado sin estrellas, estático, como un óleo pintado sobre lienzo, como si ahí arriba no existiera ni el espacio ni el tiempo.
El zumbido de una mosca le arrancó de dicha ensoñación y fue tal el impacto al chocar contra la realidad inmóvil, que la histeria y la desesperación fueron apoderándose de cada rincón.
Sus piernas inquietas le horrorizaban, se movían con impaciencia, pero ella seguía estando parada, y cuanto más quieta estaba, más corrían y entonces ella más se paraba.
El pecho le oprimía el cuerpo, y este último le bombardeaba. Con todas sus fuerzas se impulsaba hacia delante, pero su figura no reaccionaba, como si de una estatua de piedra se tratara.
La angustia comprimía sus venas, tan estrechas se quedaron que la sangre se heló y de un líquido rojo centelleante pasó a un azul frígido desesperado. Al final, no pudieron soportar tal presión y reventaron dentro del tejido cutáneo. La gruesa y espesa sangre azul salía sin prisa por los orificios provocados.
Dicen que así fue como murió, paralizada al comienzo de una calle oscura, con gesto horrorizado y cubriéndose el rostro con manos pintadas de un azul opaco, en un aparente intento de eludir el inminente no-futuro ya cierto.