Abrazó a su hija Marta. La abrazó muy fuerte. Estaba tan orgullosa de ella como preocupada: su hija de nueve años trabajaba demasiado.

Se abrazaban a menudo. Todo el mundo lo hacía, ahora. El tacto era un sentido que explotabas mucho cuando perdías la vista. Y desde el virus Caecita de 2046 toda la población de la Tierra se había quedado ciega. No sólo eso: las crías humanas nacían ciegas. La mayoría de los mamíferos, de hecho. Y mientras la comunidad científica global buscaba soluciones químicas, físicas, médicas, los políticos implantaban soluciones prácticas: una nueva reordenación del sistema económico, de la división de tareas, del reparto de bienes y servicios. Toda una sociedad orientada a encontrar una cura y, mientras tanto, sobrevivir a oscuras.

Algunos escogidos, un puñado de personas, sólo decenas en una población de miles de millones, todavía podían ver. Su hija Marta era la única en toda la división territorial llamada España. Desde los primeros meses de vida su ojo izquierdo había funcionado con total normalidad. Y un solo ojo era suficiente.

Era la reina.

Acudieron al laboratorio como cada mañana. Para Marta no había cole, ni amigos, ni juegos. Para su hija la vida era ver. Mirar imágenes, describirlas en voz alta. Leer textos, repetirlos con fidelidad. Transcribir caracteres a teclados Braille. Dibujar en relieve fórmulas matemáticas que copiaba de libros que sólo ella podía ver. Tenía nueve años ahora. Con siete ya trabajaba jornadas completas, de lunes a domingo.

Siguió abrazando a su hija unos segundos antes de que la asistente del Centro de Investigaciones se la llevara de la mano. El día anterior habían trabajado sobre fotografías de un texto antiguo tallado en piedra cuyo original se había perdido. El departamento de Historia solía tener pocos minutos con Marta. La mayoría de su disponibilidad se asignaba al Instituto Médico, y el resto a material científico moderno, de los años previos al virus, que la ceguera no permitía descifrar.

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