En la quietud de la bajamar sintiendo, desde los pies, la sal, hasta los ojos, tu mirada.

Veo tu cuerpo ovillado, tus ojos atrapados.  Tú, junto a mí.

Tarde de septiembre. Fin de verano. El calor desvaído y nuestros cuerpos difuminados en un equilibrio líquido, y en camino. Camino rodado.

Llegué rodando a la cala, habitada, llena toda ella, sólo por ti.  Y, al vernos, solos, envueltos en mar, sólo mar, solos tú y yo, resultó inevitable. Nuestro viaje de exploración también había sido de acercamiento y, al llegar, fue de encuentro.

En la pequeña cabina, seguros, nos fundimos, tan próximos que el calor fluyó de cuerpo a cuerpo, y los sentidos, hasta ese momento en contención, se abrieron de par en par, cerrados a todo, y a todos, lo demás. Silencios contra risas, sintiendo el aire, compartido, el viento, salado, el sol, fundente, la piel, de cera, de seda…, la energía toda en la caricia completa y la magia que confunde y que agota.

Después de eso, el mar y el reposo, y sólo las miradas, todas nuestras miradas, sólo para nosotros. En calma.

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