Bajo el silencio del agua ella descansa. El mundo cuelga de su cadera y las olas peinan su cabeza despacio. Con el movimiento de un ala rota se llevan sus pensamientos al ombligo del océano, allá abajo, donde los peces son testigos de lo que está pasando.

Que no nos vean.

Sobre mi mano, cinco lunares discurren y se cuelan en los pliegues más secretos que se hunden en la arena. Y, en el centro, llega el vértigo que se une al grito.

Que se escapa de la tráquea.

Un escalofrío.

Que cayó desde abajo y que rompió los gritos.

Se desintegra el mar y los pies se quejan: se estiran, se retuercen. Dos gusanitos bajo la lluvia de invierno que quieren escaparse de la piel y recoger una maleta y buscar una vida nueva dentro de otro cuerpo.

Que no nos vean.

Al día siguiente me contaron que se cerraron las puertas de las casas y ella se quedó sin voz.

Y yo me quedé sin ella.

Regresó, tambaleándose, figura sobre la tiniebla con sus oscuras formas de diosa de Olimpo o de camarera de Carabanchel. Poco a poco se sumergió y las olas tragaron sus lunares, su cabeza y su grito.

Le comenté que por favor no se fuera. Le rogué, le imploré, dos agujas en mis ojos y un sufrimiento de flecha que te ataca la garganta y que no te suelta, sino que te ahoga y penetra hasta la tercera entraña.

Yo, la verdad, nunca había conocido a una sirena.

Me quedé en la orilla. Reteniendo entre mis dedos el último escalofrío. Las curvas de ella se trazaron en el aire cuando el viento quiso mostrar sus muelas.

Pero…

Silencio.

Que no nos vean.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *