Me creísteis muerta, y llorasteis por mí. Parapetados tras vuestras puertas, no os atrevisteis a sepultar mi cadáver. El tiempo fue pasando y mi cuerpo se cubrió de polvo, polvo que se convirtió en barro, y finalmente quedó arropado bajo dura roca y  fría tierra. Y sólo cuando mi rostro, mis ojos, mis labios, quedaron cubiertos por una fina capa de musgo, comenzó el proceso.

Olvidados ya de mí, sólo los más curiosos tuvieron paciencia para verlo. Ver cómo de mis brazos inertes surgían unas fuertes raíces y de mi llanto, otrora seco, brotaban ricos manantiales.  Fue lento, doloroso, y ante todo discreto. Tanto, que casi sin daros cuenta, un día echasteis de nuevo la vista al exterior y descubristeis nueva vida en vuestros jardines.

Y  tuvisteis esperanza.

El progreso trató una vez más de destruirme, más ya era tarde. Porque yo soy Madre, y soy Naturaleza, y mis hijos poblarán la Tierra de nuevo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *