Mi marido era un hombre honorable, y el más rápido manejando un revolver. Además, me amó de una forma tan respetuosa, que no osó tocarme hasta la noche de bodas, en la que fue tierno y paciente. A su lado me sentí afortunada.

Una semana después de la boda, nos dirigimos al oeste, en busca de prosperidad. Nos unimos a una caravana que marchaba en nuestra misma dirección. Tuvimos muchos compañeros de viaje. Entre ellos, estaba Nick, un tipejo de amancebada reputación.

Una mañana, mi marido, cogió su Winchester y salió a cazar, dejándome sola. Me tendí fuera, sobre el asiento de la carreta. Sin darme cuenta, me había quedado mirando a Nick, que estaba desollando un búfalo. Casi desnudo, machete en mano, manipulaba el cadáver como un artesano. Me quedé ensimismada, perdida en su torso masculino. Sus brazos empapados de sudor y sangre, mi vergüenza olvidada. Y, mis vergüenzas, al rojo vivo. 

Entonces me di cuenta de que estaba observándome. Bajé la mirada. Cuando la levanté, se estaba acercando. Parecía un depredador. Volví dentro y empecé a rezar. Quise desaparecer. No quería que entrase, y, al mismo tiempo, sí quería. Entró. Estaba totalmente desnudo. Sus manos, ensangrentadas. Su miembro, me amenazaba y tentaba.

No le rechacé. No me resistí. Sí recé. Un rosario entero recé.

Cuando regresó mi marido, enseguida comprendió lo qué había sucedido. Me encontró limpiando mi cuerpo, cubierto de huellas rojas, unas huellas que solo unas manos masculinas podían dejar. No lo dudó: Me dio su Winchester. Entonces, tomó el revólver de su padre, salió en busca de Nick y le retó a un duelo. Nick aceptó. Les vi desde el interior del carruaje. No pensé. Cargué el Winchester, apunté y disparé. La bala atravesó el corazón de mi marido. Le echo de menos. A veces.

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