Querido Antonio: ayer vi a tu madre en la cola del supermercado, concretamente en la cola de la caja 3… y sabes lo que hice? Pues retroceder unos pasos y esconderme detrás de la estantería de los artículos de limpieza.
Y allí temblando entre las lejías y los repuestos de fregonas me di cuenta que estos 18 meses lejos de ti han sido, aparte de un sin vivir, un esconderme y un retroceder.
SE ACABO… ya se acabo y casi sin pensarlo me he sentado a escribirte esta carta, dispuesta a decirte lo que nunca me atreví.
Todo lo que me callé durante estos años. Todo lo que yo solita, a base de golpes y arañazos, he aprendido. No ha sido bonito sin ti, pero te juro que será precioso a partir de ahora.
Porque he aprendido, gracias a ti, que ya no tengo que conformarme con amores caducados, esos amores de oferta que nunca acaban bien, pero que me quitan un poco el hambre aunque luego me dejen con dolor de estómago toda la noche, justificándome con mil excusas, con la fatal atracción como sentencia de muerte.
He aprendido que nadie da nada por nada. Que cruzar los semáforos en rojo ya no es tan divertido. Que nos hacemos mayores y nuestros actos empiezan a tener sus consecuencias. Que buscar el equilibrio al borde del precipicio es un deporte peligroso. Que hay que aprender a decir que no, como tú me dijiste a mí…
Ley de vida, paso de página, trenes y estaciones que no llevan a ningún sitio, he perdido demasiado tiempo en salas de espera vacías. Yo he perdido mi tiempo, pero tú perdiste la mejor oportunidad de tu vida.
Te deseo toda la suerte del mundo. Creo que por fin, escribiendo esta carta, he saldado mis deudas.
Hasta nunca… Hasta siempre.