Miguel, como todos los días a la misma hora, colgó el teléfono diciendo “hoy no puede ser” una vez más. Secó sus lágrimas y conteniendo el llanto dijo: vamos a cenar papá, que se nos hace tarde.

A la mañana siguiente, mientras recogía el dormitorio de su padre, encontró entre sus cosas una vieja foto, medio rota, con la imagen de un joven sentado en una  maleta en la carretera. No se lo podía creer, ¡era él, con sus mismos tatuajes!, pero ¿por qué tenía su padre esa foto?, ¿qué significado podría tener?.

No dejaba de darle vueltas, y aprovechando que esa tarde su padre estaba más hablador y lúcido que otros días, decidió  armarse de valor y le preguntó. Fue entonces cuando se impuso el silencio entre ambos durante días y días. Miguel no comprendía qué pudo provocar el mutismo de su padre.

Sin embargo, una noche, mientras le acostaba, mirándole a los ojos fijamente, le inquirió diciendo:

“Debes marchar a reencontrarte, a buscar tu camino, tu gente, tu mundo. Márchate y déjame, no pierdas tu vida por mí, no tienes por qué quedarte aquí y marchitar tu vida con un viejo, pobre y loco como yo. Ellos vendrán a por mí y no te necesitaré. Márchate”.

Y continuó relatando frases apenas ya  imperceptibles. Miguel se quedó dormido, con el recuerdo de esas  palabras retumbando en su cabeza.

Cuando despierta, mira a su alrededor, sin saber dónde está, sintiéndose mareado y confuso. Se acerca un hombre de bata blanca que le dice:

“tranquilo Miguel,  vamos progresando con tu medicación, vas recuperando tu memoria, cuéntame ¿qué imágenes, qué sueños has tenido esta noche? ¿subimos más  la frecuencia de las ondas y las descargas?”

Con lágrimas en los ojos, Miguel sintió que era un hombre sin memoria, sin recuerdos, sin vida, sin identidad y que un día más………. hoy no podía ser.

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