— ¡Siéntate bien, Quique!
En mala hora se me ocurrió traerle a ver «STAR WARS». Este niño no para quieto ni aunque lo congelen en carbonita. Yo todo el día currando, de la Ceca a la Meca, y ni siquiera me va a dejar disfrutar de 15 minutos seguidos de butaca. En fin, supongo que jugar y brincar es el trabajo de los niños. Al menos de aquellos afortunados del primer mundo que se pueden permitir esa profesión.
— ¿Qué habéis hecho hoy en el cole, hijo?
Siempre me dice que nada. Una de dos: o ha heredado mi parquedad de palabras, o en esa escuela les enseñan a estar ociosos con dedicación exclusiva para no correr el riesgo de caer en una contradicción semántica. Ya quisiera yo…
— Anda, déjame que te guarde el álbum de los Pokemons.
A todas partes tenemos que ir cargando con el dichoso álbum. Se lo sabe de memoria; de pe a pa, el condenado. Yo, sin embargo, cuanto más viejo me hago, menos nombres de dinosaurios soy capaz de recordar.
— Quique, súbete la cremallera…
La verdad es que siempre he envidiado de los niños y de los poetas su carta blanca para llevar desabrochada la bragueta; así tal cual, sin necesidad de mayores explicaciones.
— Sí, Quique, esa galaxia está muy-muy lejana porque el universo es muy-muy grande.
Mejor no profundizar mucho en ese berenjenal, que éste es capaz de preguntarme que por qué hay un universo en vez de nada, y bastante dudas existenciales tenemos ya los adultos con la conciencia de finitud, raíz de todos nuestros males.
— Despierta, hijo, que ya ha terminado la película.
No le voy a confesar que yo también me he quedado traspuesto. Bendito él que todavía, cuando se despierta, deja de dormir pero no de soñar.