He dicho que me voy, y me voy. ¡Vamos que si me voy! Y vamos que si me marché. Cogí mi maleta, metí cuatro cosas – ya sabes que yo soy hombre sencillo – y allá que fui, a hacer camino. Recorrí los pueblos más antiguos, en los que reina la paz, el sosiego y el cultivo. No hacían uso de maquinarias, recurrían al telar y al molino.

– Tío… tu historia me suena…

– Y como bien es sabido, un pueblo sin su gente no es terreno conocido. La suya eran seres diminutos, más pequeños que los enanos, pero temidos…

– Jorge, eso el de El señor de los anillos.

– Nueve meses lejos del hogar, nueve. Pero no dejes que esto te conmueve.

Anduve por las más inhóspitas tierras, atravesé los desiertos más desolados. Probé de los más exquisitos manjares, salté de cataratas y crucé anchos ríos a nado. Empequeñecí antes las Siete Maravillas, me sentí príncipe pero también viví de rodillas. Mas, oh, bienaventurada amiga, lo bueno al final merma. Y uno echa de menos a los suyos, sobre todo cuando el invierno se acerca…

– Pero si eso es de… ¡Basta! ¡Basta de cuentos épicos y tragicomedias, que al final hablo hasta rimando y me traslado a la Tierra Media!

– Nerea, a veces la realidad, cubierta con una mágica capa, mejora. ¿Prefieres oír que decidí marcharme de casa, harto de escuchar la chapa de mis asfixiantes padres? ¿Qué esperé, sentado sobre mi maleta, cinco minutos que me parecieron eternos? ¿Qué haciendo autostop, el primer coche que pasó fue el de padre?

¿Qué tras nueve meses vuelvo a casa, después de haber estado internado, totalmente aislado? ¿Qué esa fue la reprimenda a un comportamiento indomado?

– Mmm… ¿Y cómo dices que se llamaban esos seres diminutos?

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