Juro que no hubiera tenido yo ningún problema

si mi difunta abuela no hubiese sido una blasfema.

Siendo yo pequeña soltaba ella siempre algún raro fonema

cuando la magnitud de mi trastada era suprema.

 

No niego que era yo una niña harto traviesa

y mi abuela, gran mujer aunque algo espesa,

al hablar parecía a veces portuguesa y otras japonesa,

y cuando se enfadaba pasaba por irlandesa.

 

Así que me gritaba en idioma un tanto extraño

mezcla de lenguas vivas y lenguaje de antaño,

incluyendo palabras inventadas desde el baño

y aderezado todo con un cerrado acento maño.

 

Imagina mi sorpresa en el bar donde desayuno

mientras bebía café rodeada de olor sobacuno

al ver en la tele algo que no entendía ninguno,

no podían leer una piedra de color aceituno.

 

Mas no era incomprensible el texto escrito

pues mi abuela lo hablaba cabreada facilito

y aquellos caracteres eran como su grito,

y se leía claramente lo que a continuación repito:

 

“María, a ver si te casas ya que en esta maldita vida

de lo único que se trata, bonita, es de estar unida

a un hombre bueno que te tenga bien vestida

y así tu existencia solitaria no la des por perdida.

 

Te mando desde la muerte en la piedra este mensaje

para que busques un banquero o alguien que trabaje

y tengas con él muchos niños que te den buen linaje

y así el hombre te quiera y te cuide y te lleve de viaje”.

 

Ay, mi abuela, qué buena y qué antigua era.

La pobre ni siquiera desde el cielo se entera

de que me gustan las mujeres y no mintiera

si dijera que  los hombres… ¡ni siquiera en primavera!

Me callaré y no diré nada de la piedra extranjera

pues qué vergüenza si el mundo su texto comprendiera.

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