Aquella mañana parecía que iba a ser un día como otro cualquiera, un día aburrido. Me esperaban diez horas atendiendo la barra, aguantando a esos pesados sabelotodos. Con sus batas, sus caras largas, su manera de mirar por encima del hombro al pedirme un café. Vamos, un día como otro cualquiera en la cafetería del centro.
Ni siquiera entiendo para qué tuve que prestar atención. Si es mucho mejor seguir a lo mío, pensando en mis cosas. Además, la mayoría de las veces ni entiendo de qué hablan. Y cuando les entiendo, pues la verdad, como en cualquier otro bar en el que he trabajado. Que si mengano ha reñido con no se qué otro, que si esos dos ya no se hablan. Tan listos que son, y no son capaces ni de llevarse bien entre ellos.
Maldita la hora en que miré la foto de aquel pedrusco. Y ellos embobados: que es es de tal planeta, que si es muy rara, que si qué será. Encima de la mesa la tenían. Y a mí, no sé por qué, me da por preguntar que por qué han pintado unos numerajos encima de una piedra.
Recuerdo el silencio que se formó de repente. Y sus caras. Yo pensé que me había metido en un lío gordísimo solo por preguntar. Y en el fondo… pues sí. Me metí en un lío.
Me pidieron que lo escribiera en un papel. Y allí mismo en una servilleta se lo puse. Un silencio tremendo y de repente todo barullo. Gritos, peleas, insultos. No tardaron en llegar a las manos para quitarse ese papel entre ellos.
En estampida subieron todos a sus despachos y laboratorios. Y por el camino un reguero de cafés por el suelo y vasos rotos. Y claro, el jefe, como no, me montó el pollo del siglo. Que quién me manda hablar, que la que he liado, que si todo ese estropicio me lo quita de la nómina.
Y lo que es peor, ¡aun no han contestado a mi pregunta!