Vicenta aceleró el paso. Aunque el camino desde la ermita hasta Barahona iba derecho y sin pérdida, no era cuestión de que le pillase a una el relente y la oscuridad de la noche en esos páramos de Soria.
Con tanto rezar por su difunto Marcial, se le fue el santo al cielo, y había calculado mal la hora de regreso. Además, su trotar ya no conservaba el brío de otros tiempos.
Recuperando el resuello tras coronar una loma, miró a un lado del camino y vio, a cierta distancia, una pequeña figura luminosa que parecía reclamarla haciendo suaves gestos en la penumbra. Impulsada por la ternura y esa falta de miedo que da haber criado a siete hijos en una posguerra, se desvió de su ruta para aproximarse al lugar.
¿Sería la aparición de alguna virgen o santísimo?, caviló para sus adentros. ¡Qué bien le vendría al pueblo para resucitarlo de su abandono!
¿Se trataría acaso de un marciano de esos, de los de las películas? No, a esos los pintaban altos, con la cabeza ahuevada y pelona, como si hubieran resuelto el problema del viaje interestelar pero no el de la alopecia.
No, no era eso, constató a pocos metros del fulgor plateado. Aquella luz etérea alumbraba a una joven zagala, de bonita melena y ojos verdes extrañamente familiares. En esos ojos, que la miraban fijamente, contempló un espejo de su juventud remota y, en el fondo de su memoria, se revolvió un atisbo de tristeza.
¿Quién eres tú, preciosa? ¿Te has perdido?
…
— ¡Abuela… Abuela…!
— No te esfuerces, Tina. El alzhéimer de la abuela es avanzado y ya no puede recocerte. Aquí en Medinaceli la atenderán bien. Llévala siempre en tu corazón, como ya la llevas en esos hermosos ojos verdes que heredaste de ella.