Cuando emprendí mi camino, no esperaba vivir las cosas que os voy a contar. Todo comenzó cuando una monstruosa criatura me atacó al perderme en uno de los bosques de mi mundo…

Aquel día había resuelto salir a explorar uno de los senderos de estas tierras. El camino era noble y ligero; a lo lejos, la frondosidad de la naturaleza daba cobijo a los rayos del sol que, con su agua luminosa, teñían de luz las copas de los encinares. Andaba yo distraído observando dicho espectáculo, cuando un organismo titánico me asaltó y me condujo hasta su guarida. Creí entonces que no volvería a ver el horizonte —aquel que, hacía unos minutos, había danzado ante mi vista— derrumbándome así ante la desdicha de ser reducido a la vida de un esclavo para siempre.

Durante días, me mantuve tácito y alerta, esperando a ser devorado de un momento a otro entre las fauces de mi captor. Semejante idea se tradujo en una obsesión irrefrenable, haciendo de mi cabeza una locomotora que rumiaba una y otra vez el horror de ser comido en vida.

Con el tiempo, caí en la cuenta de que necesitaba una distracción, de modo que me puse a investigar la cueva en que me hallaba. Anduve por sus más inhóspitas cavidades hasta encontrar, y juro no estar mintiendo, un hada de los bosques. ¡Qué feliz me sentí entonces!

El hada me mostró lugares maravillosos, todos ellos repletos de insólitas plantas y animales meditabundos, aunque la sombra de mi monstruo siempre nos acompañó. Algunas flores me acariciaban con sutiles bamboleos al sentir mis pesares y hubo voces que me susurraron desde las oquedades de los troncos: “Hay una salida…» Así que busqué con vehemencia y… ¡Sí! Hallé el túnel que me liberó de mi monstruo… El camino que me curó de la depresión.

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