Carraspeando, leyó una vez más el papel que tenía delante. Decía así:

“Me gusta…

el olor de la leña de chimenea en una tarde de invierno,

la carcajada de un bebé,

encontrar una piedra redonda y pulida en el fondo del arroyo,

el valle que hay entre las clavículas de mi mujer,

el olor del jazmín en las noches de verano,

la luna llena cuando me habla.

 

No me gusta…

sonreír cuando solo quiero llorar,

el desánimo del desamor,

sentirme solo cuando estoy acompañado,

besar la indiferencia,

la enfermedad asesina,

el apego al desapego.

 

Esto, hijo mío, es tu herencia. Piensa con el corazón y siente con el alma. Sufre cuando toque y disfruta cuando quieras, pero sobre todo, ámate y ama. Entiende mis palabras y vivirás para siempre.”

Se hizo el silencio y las batas blancas se miraron entre sí, confundidos. Se pusieron al trabajo: examinaron las pizarras llenas de fórmulas y los inmensos bancos de datos, buscaron en los discursos de los grandes hombres y en viejos libros de historia. Todo fue inútil. Aquel “vivirás para siempre” seguía sin ser entendido. La vida eterna seguiría siendo inalcanzable para el hombre.

Uno tras otro, fueron abandonando. Cuando el último salió de la gran sala, el hombre que empujaba el carrito de la fregona entró, silbando,  y empezó a colocar el revoltijo de papeles. Aquella transcripción encontrada en una vieja piedra de un cementerio olvidado llamó su atención. La leyó y, meneando la cabeza, sonrió. Luego miró el reloj. En diez minutos volvería a su casa, besaría a su hijo dormido, se acostaría y le haría el amor a su compañera. Ese sencillo pensamiento le hizo sentir feliz, sin más.

Miró por la ventana y vio a todos aquellos grandes hombres andando cabizbajos y tristes, camino de sus hogares. Y pensó lo fácil que les sería encontrar la respuesta si le preguntaban a él, o mejor aún, si miraban dentro de sí mismos.

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