La joven Katia tomaba el sol desnuda en el jardín trasero de su casa. Estaba quedándose dormida cuando sintió cosquillas en el cuello, pero no abrió los ojos; no se movió tampoco. Alguien la acariciaba con una delicadeza extraordinaria. Tenía que ser Vladek deslizando una pluma sobre su piel. Katia decidió seguirle el juego y permaneció inmóvil con los ojos cerrados, tan solo esbozando una leve sonrisa.
La caricia se trasladó hacia su escote y después remontó la suave pendiente de su pecho izquierdo para rodear por dos veces el pezón. Katia seguía con deleite las evoluciones que trazaba Vladek sobre su cuerpo.
Confiaba en que su otro pecho también recibiría la atención debida, pero se equivocó. Las cosquillas descendieron directamente hacia el ombligo. Allí, Vladek se entretuvo un tiempo excesivo merodeando por los alrededores. Katia comenzaba ya a fruncir el ceño hasta que por fin la pluma comenzó a desplazarse hacia su bajo vientre. La excitación de la joven aumentó sobremanera.
El pubis de Katia estaba completamente depilado, así que no existía ningún obstáculo para el avance de aquella placentera sensación hasta su sexo. Sin embargo, Vladek no terminaba de decidirse. Katia le pidió entre risas que, por favor, siguiese, pero no hubo respuesta alguna. Extrañada, la joven abrió por fin los ojos y Vladek no estaba allí. Nadie estaba allí.
Mientras tanto, sobre la piel de Katia, una hormiga obrera muy muy desorientada buscaba afanosamente la entrada a su hormiguero. ¿Conseguiría encontrarlo?