Estoy harto de este trabajo. Si alguien me viese ahora mismo, aquí, sentado sobre mi maleta, jamás adivinaría qué es lo que he estado haciendo el último par de horas. Aunque, si me paro a pensarlo, el mundo está lleno de gente enferma, gente a la que le sobra tiempo e imaginación, gente que quizá sí podría acertar. Me refiero a escritores, guionistas y mamarrachos así. Como esa panda de frikis del taller del que acabo de salir. Puede que las fantasías de una de estas gallinas de los huevos de oro en potencia se acercase a lo que ha pasado. Las anotaría en su libreta y las utilizaría en una de sus sádicas historias. Y seguramente pensaría que su ficción superaría con creces la realidad. Pero la verdad es que se quedaría corta, muy corta.
Desde que tengo memoria he venido presenciando auténticas carnicerías. La cuestión es que, lo que para mí no son más que actividades propias de un charcutero, para la gran mayoría son monstruosas atrocidades. ¿Me convierte eso en un monstruo atroz? Me la suda, la verdad. Cuando trabajo no veo más que carne. Una vez te acostumbras a los gritos, lloros y súplicas, son como esa canción que suena de fondo y apenas adviertes. Como la música que resulta del pitido de una impresora, del click, click, click-click del ratón, de la interpretación de miles de dedos dándole a la tecla. Los lamentos pasan a formar parte del paisaje y, entonces, te conviertes en un simple manipulador de una materia específica. Y eso es lo que llevo en mi maleta, treinta kilos de materia. Específicamente, de carne de dudosa calidad. ¡Estos escritores! No valen ni para hacer chóped. Más me valdría haber degollado a una docena de gallinas normales.
En fin, por ahí viene mi taxi.