Sus padres lo buscaron por todas partes. Pero fue inútil. Tras varias semanas se dieron por vencidos. Pero a pesar de su sufrimiento y desesperación por la desaparición, llegaron dolorosamente a intuir que su niño pudiera estar más en paz. Terminaron por aceptar que lo habían perdido.
Era un niño deprimido, acosado, humillado por sus compañeros de colegio. Sentía un miedo atroz a ir a clase y últimamente su diminuto cuerpecito no podría ni siquiera asimilar el desayuno.
Cuando iba a clase pasaba por delante de un antiguo soportal. Y aquella bella mirada tras la misteriosa mirilla llamaba siempre su atención. Deseaba un lugar donde todos sus miedos desaparecieran, una presencia amable, donde lo cuidaran y mimaran y no tuviera que defenderse de niños malvados y hostiles, ni esconderse de unos padres mal avenidos.
Hasta que un día se atrevió a llamar, entrar y ya no se supo más de él.
Pasado un cierto tiempo, un día el padre encontró una carta en el buzón que decía: «papá, mamá no sufráis más por mí, por fin estoy tranquilo»