— Era a mediados de abril cuando descubrí aquella piedra, tan rasgada por los rayos de sol.

» Aquella noche no pude parar de pensar en sus cicatrices en forma de rayones superficiales pero que, sin embargo, alcanzaba a su corazón pétreo.

—           Yo estuve con Usted y no vi tales inscripciones; ¿qué rezaban?

—           Decía algo así como: «todo aquel que me acoge en su ser, podrá ser capaz de ver la Soledad».

—           ¡¿Quién habrá escrito algo así?!

—           Quizá una persona ávida de ser querida, quizá un hada que no tenía a su protegida…

—           ¿En una piedra? ¿Y por qué no la escribió en una hoja de papel, como hacemos todos los demás?

—           No sé, la verdad; no se me ocurre el motivo por el cual usaron esa piedra como medio para dejar escritas esas palabras. Se me ocurre que quien la hizo no tuvo nada con que escribir y lo primero que se le ocurrió fue hacerlo en una piedra.

—           Tuvo que ser una persona que sufría mucho; lo digo por la profundidad de su mensaje, claro.

—           Recuerdo que no la podía leer, que desconocía el lenguaje en el que estaban escritas. De hecho, lo que menos se me ocurrió pensar es que fueran palabras…¡con los extraños garabatos que eran…!

—           Ahora que recuerdo, había más palabras; estas últimas…

—           ¿¿¿Qué palabras, Maestro????

—           No me acuerdo muy bien, me acaba de venir una luz cegadora…un brillo sin igual.

—           Quizá sea la piedra que quiera conectar con Ud., Maestro.

—           Quizá esté pidiendo ayuda, quizá esté en peligro… El viento, el sol, ¿o será aquel pájaro negro que vimos?

—           Era un cuervo esperando a que nos marcháramos para saquear su vida.

—           Esa ave era la Soledad; la compañera perfecta para un ser tan mudo como aquella piedra.

—           Yo soy la Soledad, Maestro.

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