Lucía se mantenía callada, pensativa.

—Es una especie de plegaria. —Comenté.

—¿Puedes volver a leerla? —Preguntó ella agitadamente.

—Lo siento, sólo lo entendí la primera vez. Ahora se me hace indescifrable, como al resto —Mi compañera retomó el inexpugnable silencio de hacía unos minutos. Al fin, susurró:

—Si renacieras…

—¿Qué?

—Tengo que matarte un momentito.

Me quedé sin habla; los ojos de Lucía reflejaban algo único, era como si vieran el mismísimo infierno y no tuviesen nada que perder. Manteniendo dicha determinación, elevó los brazos hasta mi cuello. Al alcanzarlo, percibí la humedad de sus manos. Con una caricia áspera, me recorrió la nuez.

—Será algo rápido. Te asfixio así, mira… —Dicho lo cual, comenzó a presionarme la garganta—. Hasta que tu corazón se pare y, después, te reanimo. —Mis pulmones empezaron a resentirse, los notaba como dos bolsas encogiéndose—. No estés así, Miguel… Será sólo un momento, por la ciencia ¿vale? Si estas escrituras las entiendes una única vez en la vida, morir y renacer funcionará, ¿no?

Lo siguiente que recuerdo es despertarme con un terrible dolor en la garganta, encadenado, con Lucía sujetando la piedra y deseando que la volviera a descifrar. Por alguna razón, el texto había cambiado, lo que revelaba que el mensaje diría una cosa distinta cada vez que lo leyera. Puedes imaginarlo, repitió el proceso una y otra vez…

 

—¿Cómo escapaste? —Preguntó el periodista al consumido anciano.

—Bueno… Hice lo necesario para dejar de serle útil. —Miguel se inclinó hacia delante levantándose las gafas de sol y revelando unas cuencas vacías, profundas. Resulta evidente que, quien diga que el alma puede verse a través de los ojos, es que nunca ha visto a un hombre sin ellos.

El viejo levantó los brazos, agitando los dedos, y concluyó sonriéndose:

—Con mis propias manos.

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