Llego septiembre y ella seguía manteniendo su pose. Sabía que el escorzo de su cuerpo era perfecto. Todas las mañanas la pesada caseta de madera era introducida en el mar por cuatro robustos caballos. Las grandes ruedas negras se quedaban encalladas en la arena y las pequeñas olas rompían mansamente contra ellas. El sol ya no calentaba tanto pero ella mantenía el perfecto escorzo de su cuerpo. Llegaba a las 9 de la mañana cuando todavía eran escasos los paseantes y las familias. Al principio, niños y mayores, se agolpaban delante de la caseta, y la contemplaban. Con el paso de los días empezó a formar parte del paisaje, como el hercúleo bañista de las 12, saltando sobre unos pies ridículamente pequeños. O como la oronda señora con su traje de baño azul, en todo igual a un vestido de gala, rodeada de sus 3 orondas hijas vestidas igual que ella.
Un día llego un hombre insignificante de melenita aceitosa y traje de baño colgón. Y se sentó a su lado. Y comenzó a hablarle bajito. Y a retorcerse las manos. Y era patético verle allí adorador y sobón.
Pasaron varios días y ya todos nos acostumbramos al hombrecillo ridículo que hablaba y hablaba. Hasta que un día ella levanto un brazo y lo puso detrás de la cabeza, permitiendo que sus pechos se elevasen y desbordaran el escote. Todos los bañistas se fueron acercando. Escucharon. El insignificante alababa la piel caliente y dorada, sus muslos apretados, sus manos imaginadas recorriendo su cuerpo, su vientre manso que soñaba temblando. Y todos vimos como la piel enrojecía, el vientre temblaba y sus muslos se apretaban.
Al día siguiente, la perfecta muchacha y el insignificante ya no volvieron a la playa. Ese fue el fin del verano.