Querido “Cuando pones un pórtico, una puerta, una especie de arco del triunfo, esa guía para orientar al tren, para decirle por dónde debe pasar, por dónde debe meterse, de dónde no se debe salir, cometes tanto una redundancia, por cuanto ya los raíles fuerzan la marcha, la dirección y el destino del autopropulsado mismo, como una injusticia coercitiva que pretende influir en el destino (esta vez no entendido como punto de llegada sino como fatum), que, en el fondo, es lo que todos hacemos, pero por la coacción en lugar de a través de la seducción, que es lo que nos hace humanos o gilipollas, llámalo como quieras”: ayer vi a tu madre en la cola del supermercado y le pregunté por qué cojones te había puesto un nombre tan largo.

Me contestó que sí.

Me pareció suficiente. Convincente, al menos.

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