Te miraba en la playa junto a tu cámara. Nunca había un visto un hombre así, digamos, de aspecto tan primitivo. Tu pelo largo y revuelto, tu espalda ancha, curtida pero joven. Tus ojos miraban el mar como si fuera la última vez. Yo sabía que un día dejarías esa playa. Como habías dejado otras muchas.

Esa noche deslicé hacia abajo las mil capas de mi ropa. Me desnudé muy despacio frente al espejo. Dejé la puerta abierta y me sumergí en la bañera ardiente, deslizando el jabón por cada rincón del cuerpo. Un cuerpo que sólo había conocido al dueño de la alianza de mi mano derecha. El vapor me humedeció la cara.

Al día siguiente me senté junto a ti en la playa. Me desprendí de mi jersey de lana, de mi combinación de seda, hasta dejar mi pecho como el tuyo, mirando al mar. No cruzamos ni media palabra. No hablábamos el mismo idioma. Recuerdo la fuerza de tu cuerpo, la sal en tu espalda y la empuje de cada ola. Al salir de agua disfruté con cada foto. Desnudé mi alma frente a tu Kodak.

Esa noche dormí desnuda, sin barreras de encajes. Él se extrañó, pero supo que algo había cambiado. Fuimos animales salvajes. Al día siguiente fuimos a la playa. Sabía que nos observabas. Detrás de las dunas asomaba el trípode. Nuestras miradas se encontraron mientras yo cabalgaba con él en medio de las olas.

Un domingo antes de que él partiera al frente dejaste esta foto bajo nuestras ropas en la playa. Él y yo sabemos que esa foto esconde otra foto, otras muchas fotos. Sé que guardas los negativos. Me gusta saber que las miras de vez en cuando. Porque sigo buscando tu mirada mientras cabalgo.

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