El coche frenó cerca del joven viajero. Se oyó el portazo y luego un viejo se acercó al hombre de la maleta.

—Pero hombre, ¿acaso quiere que algún loco se lo lleve por delante? ¡Está en medio de la curva! ¿Hacia dónde va, amigo? Puedo acercarle, si quiere. Por aquí el sol pega fuerte cuando llega el mediodía.

—Voy a Luvina.

—¿A Luvina? ¿Y por qué demonios quiere ir a ese lugar endiablado? Yo le acerco al pueblo, si gusta, pero luego tendrá que hacer el ascenso en burro. Irá solo. Nadie querrá acompañarlo. Allí solo hay muertos en vida. Por no haber no hay ni aire.

—Conozco el lugar. No se preocupe.

—No es que yo trate de llevarle la contraria, solo intento ilustrarle a usted de lo que va a encontrar allí. Es un pueblo inhóspito. No encontrará una fonda, no verá a nadie por las calles y cuando llegue la noche y se encuentre famélico de hambre y de sed solo le quedará la vieja iglesia. Y ni santo hay al que rezar. Eso si el mulo no se le muere a medio camino, que la subida es escarpada y el suelo pedregoso.

—No me dice nada nuevo —dijo el joven.

—Veo que lleva una maleta y temo que sea para quedarse —dijo el viejo—. Pero ya le digo que no encontrará armario para colgar la ropa. Suerte tendrá si las viejas de negro le dan un poco de agua para calmar la sed. De la vuelta o elija otro lugar donde haya mujeres bonitas y los perros tengan a quien ladrarle. Es el consejo de un viejo. Allí solo hay silencio y nubes negras.

—No puedo faltar. Voy a un entierro.

—Siempre puede uno faltar  —exclamó el hombre sonriendo.

—Yo no: soy el muerto.

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