El día despuntaba en aquella mañana de agosto. En una hora el calor sería sofocante y para entonces a Jaime le convenía haber encontrado una manera de salir de aquel paraje inhóspito. Intentó concentrarse con  la vista en el horizonte pero no podía pensar con claridad.  Aquella maldita música, que no había dejado de sonar durante toda la noche, tenía buena parte de culpa. Era el tema que sonaba en el reproductor del coche que conducía Sara cuando él le disparó  en la sien. Desde el inicio del viaje, una negra sombra había ido envenenando los pensamientos de Jaime a medida que se sucedían las canciones ¿Cómo era posible que Sara conociera a Rafa y desde cuándo? No podía ser casualidad. Jaime ya había escuchado antes esa lista de temas musicales…en casa de Rafa. Se sentía estúpido por no haber descubierto antes la traición de Sara pero, ¿cómo sospecharlo después de todo lo que habían pasado juntos?

 Jaime se alejó del borde de la carretera para echar un último vistazo al fondo del barranco donde había estrellado el coche. No consiguió sentirse mejor pero regresó junto a la maleta. Ella ya tenía lo que se merecía. En cuando lograra salir de allí también le daría a Rafa lo suyo.

La infernal melodía lo estaba volviendo loco. Decidió abrir la maleta por si acaso. No era muy probable que la música saliera de allí dentro. El mismo había guardado todo lo que había en el interior, incluidos los fajos de dinero. Abrió la maleta y vio todos sus efectos personales tal y como los había dejado. La música alcanzó un volumen ensordecedor mientras comprobó frenéticamente el doble fondo donde escondía el dinero. Vio que ya no estaba. De repente, la música enmudeció.

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