Descalzo, legañoso, corre estrujando dos plátanos en su puño.

Plaza Minorista, trasplante del Bronx. Nadie es nadie. Cuchilladas, hurtos, violaciones. Hombres buscando gamines para las peores fechorías, apagar apetitos sexuales.

Jairo tropieza, cae sobre cuerpos yacentes, excrementos, sangre, purulencias, chuchos limpiatodo.

Lucho le ayuda a levantarse. Ven por aquí. No, lárgate, carajo, son míos, y salta sobre un cuerpo de niña apuñalada, son míos, grita.

Dónde estás cabrón, devuélveme la cadena o te corto el pescuezo, hijoputa.

Jairo consigue deslizarse por debajo del puesto de street-food que malhuele a bichos fritos. Por detrás de las corvas de Kico. No te muevas guacho que te la van a meter.

Llega la Armada Invencible, bates y puños americanos, cuchillas de afeitar.

Ellos han salido del Patio Don Bosco donde les dan de comer, y donde duermen en sábanas. Pero les falta la maría, les falta su libertad de violencia, de infancia rota.

Avanzan con empujones, con puñetazos, amenazantes. Se paran en la fuente, se lavan, se masturban delante de unas mujeres que les piropean..

Jairo corre hasta el dormidero. Deissy le lleva de la mano hasta su cuarto, le desviste, le lava, le mete en la cama.

Jairo comparte sus plátanos. Este para tí, este para mí. Sonríen. Ha salido el sol.

Y, para que tengas dulces sueños, ten, dale al tubo.

Jairo expira una oración.

Señor dios de los alucinantes,

desconecta mi cabeza de mi corazón,

despójame de mis miedos cotidianos,

llévate mi dolor para esta noche.

Y mi memoria.

Hazme ver las estrellas. Y seré feliz. Amen.

Y da el gran sniff, el sniff de su vida, de su muerte.

En la estrella más hermosa del universo.

Cielo, o infierno.

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