Jamás olvidaré el día en el que la vi por primera vez. Fue un auténtico flechazo, tenía todo lo que yo pudiese necesitar. Tenía el tamaño perfecto, ni muy grande ni muy pequeña. Aceptaba de buena gana cargar con todo mi equipaje. Por extravagante que éste fuera, jamás me juzgó. También era flexible y resistente. Se abría y se cerraba casi con mirarla, su cremallera se corría con una simple caricia. Jamás nos separábamos. Hay ocasiones en las que se debe seguir al corazón. Ella se había convertido en mi hogar. Después, durante un tiempo, no paramos de viajar. Me encanta la fotografía en la que estamos en Nueva Jersey, subidos en Kingda Ka, la montaña rusa más grande del mundo. Salimos muy bien, éramos felices.
¿Te acuerdas de la pelea que tuvimos después de que charlase con aquella francesa con la Samsonite? Creo que ahí fue donde empezaron los problemas. Primero con mi familia, más tarde en el trabajo. Escuchábamos comentarios maletófobos allá a donde fuésemos. Nunca he tolerado la intolerancia, así que siempre salía en tu defensa. Terminaron despidiéndome. No me importó, mientras estuvieras conmigo, no necesitaba más. Pero entonces, un nefasto día, te solté un segundo y desapareciste. Yo creía que todo iba bien entre nosotros, pero supongo que encontraste a alguien mejor y te marchaste sin decir adiós. Desde entonces no puedo dejar de pensar en ti, y no puedo dejar de preguntarme por qué.
¿Por qué te abriste así a mí? ¿Fue para que yo te lo diese todo y después dejarme tirado como si yo fuese una bolsa vacía? Estoy destrozado, me siento utilizado. Y no es justo, yo jamás te traté como a un objeto. Amada mía, estés con quien estés ahora mismo, no hagas con él lo que hiciste conmigo, no le cosifiques.