Cada tarde, los críos salían vociferando en desbandada, tratando de alcanzar desaforados las puertas recién abiertas del patio del colegio, cual inocentes liberados de larguísimo cautiverio en calamitosas mazmorras.

El entusiasmo no decaía ni un ápice y la chiquillería corría a grandes zancadas calle abajo hasta dispersarse en la plazuela, lugar donde los mayores iniciaban un apresurado partido con el balón.

El más flacucho y patoso de todos, sin embargo, descendía sin prisas la pendiente, trastabillando distraído, agachándose a observar cualquier bichejo entre los adoquines, ajustándose con un brinco interrogante de los hombros la cartera mal colgada.

Al llegar por fin a la plaza repetía la misma pregunta indefectiblemente: “¡¿me dejáis jugaar?!” Sin esperanza alguna, pues de sobra era por todos conocido cuál sería la sucinta e inapelable respuesta que le tenían preparada: “¡¡lárgate, enano!!”

Resignado, inclinaba de lado la cabeza, ajustaba por enésima vez la cartera con el brinco de los hombros y remoloneaba un poco más por entre los soportales, admirando sobre todo los tebeos y las mil chucherías que cogían polvo en el ventanuco del quiosco de la esquina.

Un día, cuando estaba a punto de lanzar con desgana su pregunta, vino el balón rodando mansamente hacia la punta roma de sus botas. Con una sonrisa de oreja a oreja, cogiendo impulso lo envió de una patada prodigiosa al otro lado de la plaza, donde fue a estrellarse como un bólido contra el escaparate del quiosco.

Durante un segundo ni una brizna se movió en la plaza, escuchándose tan sólo al quiosquero que emergía cabreado desde el fondo del negocio. Todos miraban al flacucho sin pestañear, alguno meneando despacio la cabeza, hasta que arrancaron a gritarle al unísono, agitando los brazos con premura, “¡¡corre, enano, corre!! ¡¡y no asomes por aquí en una semana!!”

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