Hay un monstruo azul que vive dentro de mí. Llegó cuando vinieron los ojos azules de Laura y Jaime se fue con ellos. El monstruo se enfada cada vez que se encuentra con una mujer de ojos azules. Algunas ríen estridentes, otras parecen llevar lustros sin sonreír. Unas caminan asustadas por calle, otras cruzan despreocupadas del monstruo que se cierne sobre ellas. Todas tienen los ojos azules y ninguna se lo espera. Un rincón solitario, una esquina apartada y el monstruo se abalanza sobre ellas. Sus dientes afilados salen de mi boca entre borbotones de saliva azul. Sus garras las despedazan hasta que el azul se tiñe de rojo. Entonces desaparece la ansiedad. Por fin.

Mis ojos son de un marrón opaco. No brillan ni cuando estoy contenta, pero antes de que llegara Laura a Jaime le gustaban, antes de que reconociera que son sus ojos azules lo que le enamoró. Porque todas las cosas buenas de la vida son azules: el mar, el cielo, los pantalones vaqueros, los mejores cuadros de Picasso, las metanfetaminas.

El monstruo dice que parará cuando dé con Laura. Por eso camino hacia su casa y llamo a su puerta. Me pregunta quién soy. Jaime no le habló ni de mis ojos opacos ni de mí. El monstruo la tira al suelo y le arranca los ojos de un zarpazo, los mastica lenta y cartilaginosamente hasta tragarlos. Entonces desaparece la ansiedad. Por fin.

Me miro en el espejo del salón antes de salir. Mi reflejo ha cambiado. Mis ojos ya no son marrones, ahora son tan azules como las cosas buenas de la vida, tan azules como los de ella. El monstruo no se ha ido. Vuelvo a sentirlo dentro. Está más nervioso que nunca. Esta vez viene a por mí.

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