Leí una vez una frase que decía: La imaginación sirve para viajar y cuesta menos. Y hoy, mirando mi frigorífico he llegado a la conclusión que la imaginación si la unimos a la visión de esos pequeños imanes, que todos compramos en nuestros viajes, aparece el viaje absoluto.
Los frigoríficos los abrimos y cerramos no sé cuantas veces al día, y en esa acción tan cotidiana dejamos posar nuestros ojos en esos imantados souvenirs y soltamos alas por el mundo. Y estoy segura que casi todos tenemos un frigorífico de lo más cosmopolita en casa.
Pero vuelvo a mirarlos y dejo volar la imaginación: Que bien estaría en Cancún o en Cuba al sol. Como me apetecería comer una deliciosa focaccia en Módena o Ragusa… O hartarme de bombones en Bruselas o Brujas… Y que tal ir de compras con una amiga a Londres o Nueva York… Por no pensar en un romántico viaje a Nápoles o Lisboa… voy a parar que esto no parece tener límites.
Mirando uno de Rumania me vienen a la nariz el olor de sus inmensos campos de rosas, el de Hungría con forma de paprika me hace la boca agua recordando el gulasch, uno de El Cairo me recuerda la textura de la piel de un precioso bolso que compre en su zoco, el de Viena traen a mis oídos los valses de Strauss, y todos los colores del mundo llegan a mis ojos recordando viendo el de la Toscana.
He cambiado de frigorífico varias veces, de casa y hasta de novio, pero en todas estas idas y venidas esos imanes siempre viajan conmigo dentro de una caja esperando el próximo lugar donde pegarse como lapas.
La verdad es que mirando mi frigorífico con todos sus imanes a veces pienso que si los pusiese en fila podría arrancar la Torre Eiffel de cuajo desde Madrid.
Con esto está dicho todo.