Paseando sin rumbo y sin una clara percepción del tiempo por las estrechas y desérticas calles que componían aquel pequeño pueblo al que pertenecía hacía ya 21 años solares, se abrió ante mi paso una de las plazas principales. Inhabitual fue encontrarme con un aglomerado de personas entusiasmadas agrupadas delante del parque de las ciencias.
Aunque el primer atractivo para los visitantes del pueblo era la arqueología, no lo era para las personas que lo habitaban pero aquella tarde era diferente.
Un grupo de científicos había expuesto al público sus teorías sobre el descubrimiento de una piedra de orígenes totalmente insospechados. No era su composición o valor arqueológico lo que mantenía al pueblo obnubilado sino el mensaje indescifrable que portaba tallado en su costado.
A priori no despertó en mí un gran interés, pues pensaba que era una forma publicitaria para el destino. Sin embargo, me adentré atraída por una fuerza invisible al panteón de la ciencia.
En el camino hacia el epicentro, otros descubrimientos y teorías se abalanzaban ante mí como si quisieran mi aprobación. Sin mostrar mueca alguna florecían como recuerdos de primaria.
A medida que los metros se reducían, mi corazón inconsciente latía más deprisa; se preparaba para correr, huir, emocionarse…
Llegó el momento, el objeto entró en mi campo de visión. Me apresuré a acercarme lo suficiente para poder contemplar tan misteriosa inscripción que, años de investigación no eran capaces de descifrar.
Mis ojos conectaron de forma automática con mi cerebro leyendo para mis adentros la palabra “AKSA”. Desaparecí en un efímero instante buscando aire. Rompí a llorar. Las lágrimas no cesaban de llevarse consigo los sentimientos producidos por los recuerdos de un pasado en La Tierra, pues aquella palabra formaba el nombre en mi lengua natal del planeta donde me encontraba.