Señor, no permita tu misericordia dejarme caer en las garras de tu enemigo.

Señor, dame fuerzas.

No me dejes caer.

¿No habrá servido de nada ¡oh Señor! haber ganado para ti aquella mortal batalla contra el Príncipe de los infiernos?

He sometido a infinitas almas depravadas, las he ganado para tu gloria o las he arrojado al fuego del infierno.

Pero fue enfrentar el abismo de sus ojos y sentir en mi espinazo un rayo de terror.

Porfié, sin embargo, pobre herramienta de tus designios, no con mis fuerzas, Señor, sino con las tuyas.

Resistí hasta someter su carne al férreo ingenio instrumento de tu justicia, y librar a las llamas su alma impenitente.

Extirpada la herejía, reducida a ceniza la carne demoniaca, triunfó tu omnipotencia.

Pero, Señor, ¿triunfó tu omnipotencia?

¡Arráncame, pues, el punzón de esa mirada!

¡Ajena a las miserias del suplicio, traspasado el humo del cadalso, fijada en la mía, en las infinitas horas de vigilia, pues ya no me visita el sueño!

La maligna mirada sin párpados ciega la mía y se retuercen lentamente mis manos y mi espíritu, como pergamino al fuego leve de una vela.

Apenas sostenido por mis pobres miembros, una sucia penumbra no alcanza a disipar las sombras de mi alma doblegada en el tormento.

¿A qué tersos abismos me arrastra el implacable ojo de piedra?

¿Qué potencia me arrastra que no encuentro adónde asirme?

O no hubo, Señor, tal victoria o tal batalla y ya en aquel instante fui arrebatado para siempre.

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