Querida Anita.

Ayer vi a tu madre en la cola del supermercado. Desde mi reciente regreso al barrio, he estado evitando el contacto con los viejos conocidos. Parezco un GPS desorientado: elijo rutas retorcidas con tal de esquivar su encuentro y, allí donde la coincidencia casual es ineludible, tomo la primera salida, zanjando cualquier amago de fraternización por su parte con escopetados saludos o eva-siones de cortesía.

Con tu madre hice un esfuerzo y me acerqué a preguntarle qué tal estaba. Me hizo una cartografía completa de sus achaques, dolores y flaquezas. Éstas últimas de poco fiar, en mi opinión, a juzgar por el severo repiqueteo de sus palmaditas sobre mi deltoides.

Le pregunté cómo llevaba lo de tu padre. Me dijo que, si bien le agrada el efecto adelgazante del color negro, lo viste más por el qué dirán, pues este es un vecindario rancio y chismoso, pero que es un luto sin duelo, y más pena le da que ese canalla no la haya palmado antes.

Le pregunté por tu hermano. Me contó que apenas le ve, que cuando lo hace es siempre para discutir, porque es un egoísta, y un desagradecido, y un sinvergüenza, y una astilla que cada vez se parece más al palo primigenio.

Le pregunté por ti (que es de quién en realidad me interesa saber), pero no obtuve una respuesta útil. Apenas un par de recriminaciones sobre lo frágil y despegada que siempre has sido, como queriendo justificar su desconocimiento y desinterés por tu paradero, antes de volver a explayarse sobre ella misma y su circunstancia.

¡Ay, Anita…! ¿Por qué no nos advirtieron de niñas que eso de la familia feliz era sólo un cuento chino para vender más coca-colas y turrones?

Tú al menos fuiste valiente para marcharte y no volver. Te admiro y te compadezco. Pero, sobre todo, te echo de menos.

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