Querido Yo.

 

Ayer vi a tu madre en la cola del supermercado. Sé que llevas años sin dirigirle la palabra, y tienes sobradas razones para actuar así. Mil veces me has hablado de sus chantajes emocionales, de sus juicios y condenas. ¿Cómo olvidar aquella vez en la que te perdiste la fiesta del siglo? Fingió un ataque de ansiedad para que te quedaras en casa, cuidándola. ¿Y cuántas veces me habrás contado la historia del tren? Tienes aquella imagen marcada, como una cicatriz. El viejo puente de cerchas rojas, el traqueteo constante, tu madre bajando la ventanilla. De pronto, tu libro favorito volando por los aires. Te quedaste mirándolo, con medio cuerpo fuera del tren, impotente, observando cómo caía. Mientras tanto, tú te alejabas. Fue entonces cuando descubriste el significado de la palabra odiar. Tiempo después, por casualidad, escuchaste cómo hablaba por teléfono y se desternillaba de risa, contándole a alguien cómo había conseguido engañarte para que te quedaras cuidándola el día de aquella fiesta, cuando la chica de tus sueños y tu mejor amigo se liaron. Las uñas se clavaron en tus manos y, de golpe, tus nudillos sangraron contra el espejo del pasillo. Jamás olvidarás el agrietado reflejo de aquella mirada.

 

Pero ayer, al verla, me di cuenta de lo estúpido que has venido siendo. Todas esas historias marcadas por el odio, repetidas una y otra vez, no son más que cuentos dentro de tu cabeza. Al igual que tú, mi querido Yo, que no eres más que otro cuento. Entonces, al ser consciente de lo que eras, al fin pude ver a mi madre tal y como es. Porque al igual que yo he venido siendo un estúpido, de alguna forma que no es necesario entender, ella ha venido actuando siempre lo mejor que ha sabido. Por eso, ayer, me acerqué a ella. Y, en absoluto silencio, la abracé.

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