– Me da miedo morir sin haberte amado lo suficiente.

                Me miraste como si no hubieras escuchado mis palabras, o como si no significaran nada para ti. Pero sí, debían significar algo; si no, ¿por qué seguías inclinada hacia mí sobre la arena, acariciando tu cabello revuelto mientras jugabas con él y tu cuerpo brillaba tan blanco bajo aquel sol?

                Al fondo de la playa, un carruaje abandonado dibujaba un cuadro extraño con un fondo de acantilados que vibraban con el golpe de las olas.

                – ¿Tanto me amas?

                Te besé. Sí, tanto te amaba.

                Te dejaste acariciar silenciosa. Mis manos temían acabar con ese momento cuando bajaron por tu cuello y dibujaron un camino entre tus hombros y tus pechos. El olor a salitre que desprendía tu piel me devolvió a aquel lugar. Volví asustado a ti; besé tu cuello, mi lengua recorrió la areola de tu rosado pezón y mis manos, libres al fin de todo miedo, decidieron poseer tu cintura primero y más tarde tu sexo. Escuché como una bella sinfonía los gemidos que emitías, sentí cada temblor de tu cuerpo y allí, en aquella playa, te hice el amor.

                Al finalizar descansé mi cabeza sobre tu pecho. Me concentré en escuchar tu respiración. Mirabas hacia aquel carruaje viejo y abandonado de alguna antigua caravana gitana. Seguí tu mirada. Tu voz sonó por encima del rumor de las olas en la playa.

                – Cuando te conocí me pregunté quién eras, quién era aquel hombre sin historia. Celebramos juntos el azar de la vida, ¿lo recuerdas?

                Mis manos seguían sobre ti, buscando sobre el sudor de tu piel una explicación a todo aquello. El olor a salitre me invadió de nuevo y me dejé llevar. A lo lejos, el viejo carruaje seguía bañando sus pies en el mar.

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