Es mi secreto, exclamé, haciendo uso de la fuerza necesaria para enfrentarme a aquella pequeña comunidad cientifica. El mar tenia algo que decirme y esta vez habia sido a voces.

Después de largas sesiones de trabajo en el Congreso Mundial de lnterpretacion antigua decidimos tomarnos un descanso y salir a pasear por la playa como el dia anterior. Me acompar‘iaba Juan, experto en Atapuerca; tres profesores de Historia: Manuel, Amalia y Pablo; y Maria, una brillante doctora en inscripciones prehistéricas.

Disfrutaba de Ias aguas plateadas de aquella tarde cuando Maria afirmó con entusiasmo: «He encontrado algo”. Todos se acercaron expectantes y se hizo un gran silencio. Yo andaba distraida siguiendo a un cangrejo ermitarño y me uní al grupo algo después. Observé el hallazgo y muy sorprendida busqué mi cordon del cuello. iCómo era posible!, pensé. Al  tiempo los demás empezaron a elucubrar sobre el incalculable valor de aquella pequerña piedra de escritura indescifrable, sobre el descubrimiento histórico que ello suponia, sobre si era escritura cuneiforme o jeroglífica… Alguno incluso planeaba presentarla publicamente como la piedra angular de alguna civilizacién perdida.

Decidi escuchar impasible semejante escalada de voces de presunción cientifica. Poco a poco desperté de aquel momentáneo letargo, me armé de valor y pronuncié lentamente ante todos: ”iEs mi secretol”. lnmediatamente fui acribillada por sus miradas. Saqué mi cordon roto, mostré aquella prueba definitive y expliqué: «Esta piedra es mia. Yo la puedo leer. Mi padre de niña la cogió en la playa, la grabé y el texto quiere decir “Te quiero”. Hace unos meses mi padre nos dejó -bajé el tono apesadumbrada-. Ayer perdi la piedra en la playa sin darme cuenta y hoy el mar me la ha devuelto junto a vuestras voces”.

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