¡No te rindas, mujer…! El amor no se olvidó de ti. Sabes que, en alguna parte, hay alguien para quien eres territorio inexplorado y tentador.

Cualquier noche conocerás a ese hombre que, en un principio, pasará desapercibido. Pero días después coincidiréis nuevamente y te invitará a salir, aunque no mostrará pretensión alguna.

Su dulzura y cortesía te empujarán a capturar cada uno de sus gestos porque, entre la multitud, únicamente existirá él. Aceptarás su invitación a cenar. Incluso acudirás una segunda vez porque, en aquella primera cita, fue considerado y se preocupó por conseguir una velada agradable. Te hizo reír y soñar tratándote como a una princesa. A su lado te sentiste de nuevo una mujer atractiva.

Será su devoción hacia ti la que abrirá las puertas de tu apartamento. No querrás que su voz cese de mimar tus oídos.

Y una vez seducida, permitirás que emprenda viaje acariciando tus pies sobre las cintas de tus sandalias, jugueteando con cada uno de tus dedos, besándolos suavemente mientras vira rumbo al norte para conquistar tus tobillos… tus rodillas… tus muslos…, hasta quedar varado en el elástico de tu ropa interior.

El resto de su encanto atracará simultáneamente sobre tu nuca con un suave cosquilleo de sus dedos. Y antes de que tu boca claudique buscando la suya, te pedirá paciencia para reconocer lentamente con sus labios los lóbulos de tus orejas, descender por tu cuello entre susurros, esparcir su aroma sobre tus hombros hasta enredarse con el tirante de tu sujetador. Doblegará tu fortaleza de encaje y reemprenderá camino merodeando por tus pechos hasta alcanzar la cima con su lengua. Y antes de entregarte a él, continuará ruta hacia el sur, haciendo escala en tu ombligo y deteniéndose en ese lacito de raso que marca tu tesoro.

Entonces tu rendición será sin condiciones.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *