El agua forma surcos
entre los peces de mis rodillas.
Debajo, ella,
como el centro
de la tierra.
El centro
de todos los vientres.
Maldita sea.
Olas,
o cristales rotos,
susurran pieles plegadas;
los niños cierran los ojos.
Ella
es el centro
de los océanos.
Ella
es el centro
de todas las mareas.
Bajo mi mano
cinco lunares
tiemblan.
Los dientes sonríen:
hora de comer.
Mujeres con sombreros
cierran las persianas
ofendidas.
No,
que no nos vean.
Ella es el centro
de todas las mareas.
El vértice
de mi lengua.
Alrededor de su curva
mansa, suave,
el mundo termina
saluda con la mano
y se despide…
Y comienza su boca.
Los niños cierran los ojos.
Las mujeres suspiran.
No,
que no nos vean.
Ella es el centro
de todas mis raíces.
Debajo, pero tan lejos,
escucho el estrépito sonoro
de su risa
(campanas de fuego)
y el azote de su cabello
que golpea la noche.
Y caen las nubes.
Que no nos vean.
Ahora subirá al Olimpo
con sus botas rojas,
o se tomará un café.
Va dejando en la arena
Las huellas de sus huesos
que yo recojo.
Los niños cierran los ojos
pero la ven.
Ella se aleja,
se relame,
se viste con el mar
y regresa.
Su espalda se clava
en el punto exacto
del fin del mundo;
el grito de un pájaro,
el suspiro de un pez.
Yo, solo,
con dos agujas en cada ojo,
hundido en la arena
retiro mi piel
y me entrego a ella.
Pase lo que pase
Que no nos vean.