Solo me llamaron tres cosas la atención: sus ojos un tanto ingenuos, sus manos grandes y el bulto que marcaba sus vaqueros.
Del resto no podría dar muchos detalles, nada que destacar.
Durante un par de días quedamos y de repente al tercer día, cenando, vi en su mirada ese punto de presa, cuando se cruzo con mi mirada depredadora.
Y precisamente en ese punto, su estúpida conversación empezó a interesarme.
Mi depravación moral es muy compatible con mi lenguaje amoroso: No se distingue bien la pasión del vicio, ni el dolor ajeno del disfrute propio, no existe distancia entre mi erotismo y la pornografía velada, el binomio amor/dolor suelo llevarlo al extremo.
Utilizo mi sexualidad, no para el placer, sino para controlar y manipular.
El erotismo y el sexo son para mí, un instrumento de desquite y venganza.
Yo no quería seguir con esa historia, os juro que no quería, sabía de antemano como podía acabar aquello. Y no me equivoque…
Cuando me arrodille ante aquel cadáver maniatado, sus bonitos ojos verdosos seguían abiertos, a punto de salirse de sus orbitas.
Pase mi lengua por sus labios magullados con sabor a sangre.
Volví a recorrer con la punta de los dedos su suave piel.
Y baje hasta su sexo, relajado y con un toque azulado propio de la muerte.
De repente un orgasmo sacudió mi cuerpo, nunca lo había sentido así, siento una bruma en mis ojos, mis músculos quedan laxos, mi boca quiere gritar y morder.
Miro a mi alrededor… tanta sangre, tanto dolor que me ha producido tanto placer.
Tengo que salir de aquí. Respiro una, dos, tres veces profundamente…
Me arrodillo delante de “eso” que fue un hombre.
Me acerco a su oído y le susurro: «Te amo porque estás muerto y supiste sufrir»