Te voy a dejar.

Ayer Carmen y yo fuimos de paseo. Frente al Casino nos encontramos con Teté  Santolalla, boda en noviembre.

Al volver a casa el ambiente me pareció aún más sofocante. Busqué una foto del colegio, Teté estaba en la segunda fila con trenzas y gafas, parecía otra persona.

Ya puesta a revolver, encontré uniformes que mi madre había mandado guardar en su desesperado afán de atraparme el tiempo, que, ya ves, a ella se le fue a borbotones. Las faldas escocesas son de un tartán demasiado tenaz para lo fugaz de la infancia.

También encontré una foto de un hombre tipo forzudo de circo, con un bañador rayado de cuerpo entero, y una joven vestida-desnuda como las muñecas y los maniquíes que bajo la ropa están forrados de tejido de media de color carne, del mismo que la ropa interior de algodón que uso ahora. No entiendo lo de color carne, es de color piel y muy morena.

En otro baúl encontré enaguas y combinaciones almidonadas de raso nacarado. La seda fría, los encajes crujientes como el papel. Mudé mi ropa interior por esta lencería, mi vestido parecía otro.

La cena estaba servida, bajé. El roce de la combinación despertaba la topografía de mi cuerpo, cambiaba mi centro de gravedad, me hacía ver las uvas tersas y los flanes temblorosos, me desconcentraba de la sopa, me concentraba en mí. Pensé: lo dejo (te dejo). No me gusta el tacto tu jersey acrílico que me prestaste el otro día. ¡Te dejo!

Volví al desván. Paseé las yemas por mantillas de mi abuela, cargadas de luto y naftalina.

Para conjurar la muerte me enrosqué un collar de perlas heladas como el polo al que me invitaste el día del jersey y pensé: ¡te dejo!

¡Te dejo volver a intentarlo!

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