Un científico, histérico, contactó con los servicios secretos. ¿El motivo? Una piedra cuya inscripción tallada resultaba indescriptible. La perfecta definición de “tirar la piedra y esconder la mano”. 59 de los 194 países que conviven en el mundo se encontraban en alerta medioambiental. La invasión alienígena sonaba con fuerza. Nos estábamos cargando el planeta y éste, agonizante, suplicaba un auxilio que ignorábamos mirando al cielo.

 “Se buscan candidatos para descifrar el mensaje oculto”, rogaban los medios. Lingüistas e intérpretes acudieron, deseosos de convertirse en héroes nacionales, sin resultado. Los ojos de mi padre me señalaban. No era la primera vez que veía una de esas en mis manos, aunque seguía sin poder leerla. Yo sí. Fue él quien los llamó, desatando el espectáculo. Recuerdo que coches oficiales vinieron a buscarnos. Me interrogaron para conocer mi don sobrenatural. Habría sido tan fácil destapar la verdad… Más opté por que el misterio tiñese nuestra historia. Enseñarles la colección de piedras. Me acusaron de ocultar una información que había puesto en peligro a la humanidad.

Hoy, desde la cárcel, te recuerdo. No quisieron escuchar el desenlace del cuento que escribiste hace años. Ese en el que desaparecías. Inventaste tu propio idioma, como un mecanismo para que nadie más conociera nuestros secretos. Tu vehículo serían las rocas, que cuidadosamente me escondías. Siempre descubría todas, menos la última. Aquella tarde me esperaste, pero las reglas eran claras: no hay piedra, comienza el juego. No la encontré, te evaporaste. Sumergirse en el pantano, tras la estela de lo que te pareció una nave espacial, fue la solución de una niña con esquizofrenia infantil que demandaba cariño y soñaba con ser abducida a voces.

Siento haber tardado tanto, Sara. Trece años después, conseguí leer tu mensaje:

“Mañana, donde siempre. A la misma hora. Te quiere, tu extraterrestre”.

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