Agosto. Sudabas y sudabas como un surtidor de vapor de agua, inmerso en una gruta sombría. Al fondo la luz verde de los árboles remotos se agita por el aire. Bajo tierra, tus pies se hunden sin remedio, envueltos en un barro sucio y oscuro, terriblemente desconocido para ti. Mientras, no paras de repetirte…¡lo vi!, ¡yo sí lo vi!. El viento mientras tanto, se agita dentro de tu camiseta roja, hasta que una bocanada de arcilla negra y amarga te sepulta en un segundo. El mismo segundo y la misma bocanada que súbitamente sale d tu boca, abierta como una cueva, abriéndote los ojos e irguiendo tu espalda, despertándote en otro lugar, en otro tiempo…

Estás sentado sobre tu cama. La habitación en penumbra  huele a brisa fresca de madrugada. ¡¡Yo sí la leí!!-repites. Te giras para buscar algo en la mesilla de noche y tus ojos se topan con la camiseta que llevas puesta, empapada en sudor del color de la sangre. Los dedos, como aspas de molino, giran hasta que aciertan a abrir  uno de los cajones. Ahí está. Acercas al corazón una piedra pequeña. Abres tu mano, huesuda y decidida, para contemplarla una vez más. Sobre la cuarcita, cinco impactos cincelados dibujan una original figura.

Es el Jueves Santo de 1984, día en que te has convertido en el único científico capaz de descifrar la primera palabra conservada del lenguaje humano conocido.

 

Nota aclaratoria: En 1984 el filólogo José María Ribero situó el origen de la civilización occidental en la zona occitana del norte de España. En 2001, investigadores de National Geographic encontraron sobre una antracita restos de escritura del 5.000 a. C., en la llamada Cueva del Castillo, en Cantabria. No se han corroborado estas tesis, pero bien pueden valer para un relato como este.

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